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Llamarte por tu nombre

Me gusta llamar por su nombre a los niños y niñas que participan en mis actividades. No es un capricho, es algo meditado y contrastado con la experiencia, que llamando a una persona por su nombre la atención es más rápida y afectiva. Si, digo bien, afectiva. Dedico entre cinco y diez minutos a llamar uno por uno y colocar una etiqueta que llevo impresa con el nombre. Esto es trabajo previo, el de averiguar los nombres de pila e imprimir las etiquetas, trabajo que se compensa de sobra.

Es la primera toma de contacto, y contacto de verdad pues nos tocamos, irremediablemente al poner la etiqueta nos tocamos. Es un cruce de miradas, es un lote de información que el cuerpo nos ofrece, así casi sin querer. El cuerpo, su movimiento, las reacciones del mismo, son una fuente de información muy valiosa y la mayoría de las veces no prestamos atención. A mi me sirve de muchísimo pues observo

  • cómo se acercan, rápido, lento, arrastran los pies, corretean..
  • cómo está su cabeza, alta, baja, hacía un lado..
  • si me miran o no a los ojos
  • les puedo dar los buenos días uno por uno y ver si me contestan y cómo es su voz, suave, segura, alta, grave…
  • si se acercan más o menos a mi, y lo tengo en cuenta para el resto de la actividad, hay que respetar el espacio vital de cada cual.

Es un momento único y riquísimo. No solo me aporta mucha información a mi, también a sus profes si observan todos estos detalles.

En ocasiones muy particulares los pequeños no quieren que les ponga la pegatina con su nombre, a veces quieren ponérselas ellos, otras ni siquiera eso. Por supuesto que respeto el deseo de cada uno. Todo esto también me aporta mucha información que procuro tener en cuenta para el resto de actividad.

En general estos minutos de escucha y protagonismo son riquísimos y permiten que la actividad comience en un ambiente de calma y confianza.

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